El mundo está
allí desde mucho antes que nosotros, “hay preexistencia del mundo a nuestra
percepción”, eso es bien sabido. Sin embargo, si nos preguntáramos acerca de
nosotros, de ese mundo que se nos abre cada día y de lo que percibimos de él,
difícil hubiera sido que llegáramos a esta instancia de comunicación, de
diálogo.
Cada uno de
nosotros, a su vez, tiene su “propio mundo”, que surge de la experiencia de
transitar con el cuerpo ese “mundo” que no es sólo el propio, sino el que
habitamos todos. Es allí donde podemos encontrar el material común para iniciar
estas conversaciones, que sin
pretender mucho, ya son el inicio de un acercamiento más profundo.
Un vínculo
siempre crea algo nuevo, un elemento tres, distinto de los puntos que
relaciona. A su vez, ese lazo altera las partes que une, las transforma, las
perturba y conmueve. Estas alteraciones permiten evidenciar la posibilidad de
entrar en el mundo privado del otro, de tomar su mundo como instrumento para
actuar y pensar: “otro mundo privado se hace visible a través de la trama del
mío”. Sin embargo, sólo puedo tocar los “fines”, los polos exteriores del otro.
Pensamos en
la potencia de lo que puede producir una afinidad. Por eso, quisiéramos que las
piezas que aquí presentamos nos sean
atribuidas, es decir a nosotros, al encuentro productivo que las hace surgir
como una epifanía.
Sin ninguna
tarea que cumplir, lanzamos este experimento en común que no tiene otro fin que
su solo medio, es decir, el acto de la expresión. Por lo tanto, carencia de
objetivos, sin-fines, des-a-fines. Que este espacio que ahora abrimos sea el lugar de una experiencia
compartida, lugar para explorar otros lenguajes, otros registros, que nos
permitan y nos acerquen a otro modo de decir. En fin, desafinaciones múltiples,
ruidosas, que interrumpan el armónico y orquestado ritmo de lo cotidiano.
nico-manguera